El régimen antidemocrático de Nicolás Maduro ha separado a Venezuela del mundo exterior durante años, destruyendo la economía y agotando el sistema de atención médica. - Embajada de Venezuela en EE.UU.
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El régimen antidemocrático de Nicolás Maduro ha separado a Venezuela del mundo exterior durante años, destruyendo la economía y agotando el sistema de atención médica.

Este artículo fue publicado originalmente por Foreign Policy: https://foreignpolicy.com/2020/04/28/for-venezuelans-maduro-guaido-government-enforced-self-isolation-is-nothing-new/

Por Carlos Vecchio.

Si uno les preguntara a personas alrededor del mundo: «¿Estaría dispuesto a seguir pautas estrictas de distanciamiento social durante un año si no estuviéramos viviendo una pandemia?» La respuesta obvia sería no.

En todo el mundo, la vida tal como la conocemos se ha paralizado para salvar la vida de millones. Venezuela no es una excepción, la diferencia es que ha estado experimentando esta situación durante años. En el caso de Venezuela, sin embargo, la causa no es un patógeno, sino un dictador.

El régimen de Nicolás Maduro ha sometido progresivamente a Venezuela a un gobierno cada vez más irracional y antidemocrático, obligando a sus ciudadanos a una forma extrema de distanciamiento social en sus medios de vida al negarles los derechos de reunión y protesta, y privándolos del acceso a la educación, viajes, y redes comerciales que personas de otras naciones a menudo dan por sentado.

Al aislar por la fuerza a los venezolanos, las políticas de Maduro, que han llevado a una economía colapsada y a un sistema de atención médica agotado, están diseñadas para suprimir las libertades de los venezolanos para permitir que su régimen se mantenga en el poder. Esto ha llevado a una emigración masiva de aproximadamente el 17% de la población del país. Al menos 5 millones de personas han abandonado el país, un éxodo en segundo lugar solo después de la crisis de refugiados sirios. Se estima que alrededor de 1 millón de niños se han quedado atrás, separando familias en todos los continentes.

En 2014, los ciudadanos salieron a las calles para protestar por una tragedia en ciernes. Muchos venezolanos fueron arrestados por razones políticas, incluido Leopoldo López, el líder de mi partido, Voluntad Popular. Me acusaron en el mismo caso que él, lo que me obligó a pasar a la clandestinidad durante 108 días y luego al exilio, manteniéndome alejado de mi familia, mi grupo y mi gente.

El liderazgo de nuestro partido fue perseguido. Algunos fueron encarcelados, otros exiliados, forzados a esconderse u obligados a buscar asilo en embajadas extranjeras. Hemos tenido que reinventarnos en los últimos seis años. Nuestras reuniones, incluso con líderes locales, ahora son virtuales. Esta experiencia también se ha convertido en la nueva normalidad para otros partidos políticos y la Asamblea Nacional. Según un informe de la asamblea, más de 30 diputados han sido exiliados y cinco están actualmente detenidos.

La persecución del régimen no se ha limitado al liderazgo de la oposición, sino que también se ha extendido a toda la sociedad. Periodistas, jueces, estudiantes e incluso personal de primera línea han sido perseguidos simplemente por expresar su justa opinión. De hecho, en Venezuela hay actualmente más de 300 presos políticos que son sometidos a un trato cruel e inhumano y se les prohíbe ver el sol o hablar con sus familias.

Mis colegas y yo nos hemos visto obligados a trabajar de forma remota durante años. De hecho, los actores políticos en nuestro movimiento han tenido que unirse para liderar una pelea sin mirarse a los ojos.

En un país con las peores conexiones a Internet en la región y donde los cortes de energía son comunes, podemos comunicarnos de manera intermitente solo a través de Zoom, Skype y otras herramientas en línea para comunicaciones grupales. Hemos tenido que tomar decisiones complejas virtualmente, incluida la decisión de juramentar a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela en 2019.

El aislamiento forzado de los venezolanos por un régimen antidemocrático también ha producido efectos visibles en la esfera económica. Las políticas que incluyen expropiaciones ilegales que violan las leyes de propiedad privada han paralizado la economía. La producción de petróleo se desplomó de 3.2 millones de barriles por día en 2008 a menos de 700 mil por día en 2020. La escasez de bienes y servicios está aumentando. Entre 2013 y 2019, el producto interno bruto de Venezuela se redujo a la mitad, una reducción peor que la que sufrieron Estados Unidos y España durante la Gran Depresión y la Guerra Civil española, respectivamente.

Para muchos, quedarse en casa ha sido la única opción disponible por un tiempo, dada la escasez de empleos en el país. Las empresas privadas casi han desaparecido. Este nivel de destrucción económica hasta ahora no se ha visto en los países actualmente afectados por la pandemia de coronavirus.

El aislamiento y el colapso económico de Venezuela también se ha manifestado en el sistema educativo. Al comienzo del año escolar 2019-2020, la tasa de deserción escolar fue del 87%. Los padres no envían a sus hijos a la escuela porque no pueden alimentarlos, muchos con frecuencia se desmayan en clase, o porque las escuelas han cerrado. La crisis ha resultado en un éxodo masivo de maestros. Un maestro informó haber sobrevivido con agua y azúcar durante dos días antes de colapsar.

El país ha estado recluido en un régimen de incomunicación. El sector de las aerolíneas en Venezuela se contrajo en un 75% de 2013 a 2019, aislando aún más a los venezolanos del mundo. A nivel nacional, a pesar de tener las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, el gobierno de Maduro ha cerrado casi por completo todas las refinerías existentes en Venezuela. Sin embargo, el régimen continúa enviando petróleo subsidiado a Cuba.

El sistema de salud del país se estaba deteriorando rápidamente, incluso antes de la pandemia. Y Venezuela tiene la tasa de homicidios más alta del continente, con 60 muertes por cada 100,000 habitantes. En nuestro país, el miedo establece un toque de queda permanente.

En resumen, el aislamiento en Venezuela solo ha aumentado durante esta pandemia. Actualmente enfrentamos dos plagas: la dictadura de Maduro y el coronavirus. Ambos deben ser combatidos con urgencia y simultáneamente. Superarlos solo será posible con una cooperación sólida y asistencia financiera internacional, y esto solo será factible si el país establece un Gobierno Nacional de Emergencia que implemente un plan que conduzca a una transición democrática creíble y verificable.

La comunidad internacional debe reafirmar su compromiso de apoyar al pueblo de Venezuela en esta lucha para poner fin al aislamiento devastador y antidemocrático que ha llevado a la pobreza y la tragedia.

En Venezuela, la normalidad no volverá cuando se contenga la pandemia; solo vendrá con libertad.

Carlos Vecchio es el Embajador de Juan Guaidó reconocido por los Estados Unidos. Twitter: @carlosvecchio

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This article was originally published in Foreign Policy: https://foreignpolicy.com/2020/04/28/for-venezuelans-maduro-guaido-government-enforced-self-isolation-is-nothing-new/

For Venezuelans, State-Enforced Self-Isolation Is Nothing New

Nicolás Maduro’s undemocratic regime has cut Venezuela off from the outside world for years, destroying the economy and depleting the health care system.

BY CARLOS VECCHIO

If one were to ask people around the world today, “Would you be willing to follow strict social distancing guidelines for a year if we were not living through a pandemic?” the obvious answer would be no.

All across the world, life as we know it has become paralyzed to save the lives of millions. Venezuela is no exception, but it has been experiencing this situation for years now. In Venezuela’s case, however, the cause is not a pathogen, but a dictator.

The regime of Nicolás Maduro has progressively subjected Venezuela to increasingly irrational and undemocratic governance, forcing its citizens into an extreme form of social distancing in their livelihoods by denying them the rights to assembly and protest, and depriving them of access to education, travel, and the trade networks that people in other nations often take for granted.

By forcibly isolating Venezuelans, Maduro’s policies—which have led to a collapsed economy and a depleted health care system—are designed to suppress Venezuelans’ freedoms in order to allow his regime to hold onto power. This has led to a mass emigration of approximately 17 percent of the country’s population. At least 5 million people have left the country—an exodus second in scope only to the Syrian refugee crisis. It is estimated that around 1 million children have been left behind, separating families across continents.

In 2014, citizens took to the streets to protest a tragedy in the making. Many Venezuelans were arrested for political reasons, including Leopoldo López, the leader of my party, Voluntad Popular. I was charged in the same case as him, which forced me to go underground for 108 days and then into exile, keeping me apart from my family, my party, and my people.

The leadership of our party was persecuted. Some were imprisoned, others exiled, forced into hiding, or driven to seek asylum in foreign embassies. We have had to reinvent ourselves over the past six years. Our meetings, even with local leaders, are now virtual. This experience has also become the new normal for other political parties and the National Assembly; according to an assembly report, more than 30 deputies have been exiled and five are currently in detention.

The regime’s persecution has not limited itself to the opposition leadership but has also spread across the entire society. Journalists, judges, students, and even front-line responders have been persecuted for merely expressing their rightful opinion. In fact, in Venezuela there are currently more than 300 political prisoners who are subjected to cruel and inhumane treatment and prohibited from seeing the sun or speaking with their families.

My colleagues and I have been forced to work remotely for years. Indeed, political actors in our movement have had to come together to lead a fight without looking each other in the eyes.

In a country with the worst Internet connections in the region and where severe power outages are commonplace, we’re able to communicate intermittently only through Zoom, Skype, and other online tools for group communications. We have had to make complex decisions virtually, including the decision to swear in Juan Guaidó as interim president of Venezuela in 2019.

The forcible isolation of Venezuelans by an undemocratic regime has also produced visible effects in the economic sphere. Policies including illegal expropriations that violate private property laws have paralyzed the economy. Oil production plummeted from 3.2 million barrels per day in 2008 to less than 700 thousand per day in 2020. Shortages of goods and services are increasing. Between 2013 and 2019, Venezuela’s gross domestic product fell by half—a reduction worse than those suffered by the United States and Spain during the Great Depression and the Spanish Civil War, respectively.

For many, staying at home has been the only available option for a while, given the shortage of jobs in the country. Private companies have almost disappeared. This level of economic destruction has thus far remained unseen in the countries currently affected by the coronavirus pandemic.

Venezuela’s isolation and economic collapse has also manifested itself in the education system. At the beginning of the 2019-2020 school year, the dropout rate was 87 percent. Parents do not send their children to school because they cannot feed them—many frequently faint in class—or because the schools have closed down. The crisis has resulted in a massive exodus of teachers. One teacher reported having survived on water and sugar for two days before collapsing.

The country has been held incommunicado. The airline sector in Venezuela contracted by 75 percent from 2013 to 2019, further isolating Venezuelans from the world. Domestically, despite having the world’s largest proven oil reserves, Maduro’s government has almost completely shut down all of the existing refineries in Venezuela. Nevertheless, the regime continues to send subsidized oil to Cuba.

The country’s health system was rapidly deteriorating, even before the pandemic. And Venezuela has the highest homicide rate on the continent, with 60 deaths per 100,000 inhabitants. In our country, fear establishes a permanent curfew.

In short, isolation in Venezuela has only increased during this pandemic. We currently face two plagues: the Maduro dictatorship and the coronavirus. Both must be fought urgently and simultaneously. Overcoming them will only be possible with robust international financial cooperation and assistance, and this will only be feasible if the country establishes a national emergency government that implements a plan that leads to a credible and verifiable democratic transition.

The international community must reaffirm its commitment to support Venezuela’s people in this fight to end the devastating and undemocratic isolation that has led to poverty and tragedy.

In Venezuela, normalcy will not return when the pandemic is contained; it will only come with freedom.

Carlos Vecchio is the U.S.-recognized Venezuelan opposition leader Juan Guaidó’s ambassador to the United States. Twitter: @carlosvecchio

Embajada de Venezuela en US